Columna de Opinión

¿Que hay detrás del consumo de drogas y alcohol ? Por Alejandro Iglesias, Psicólogo Clínico-comunitario

Quisiera compartir algunas reflexiones, sobre todo pensando en la gente que no ha tenido relación en discusiones sobre el tema del consumo problemático de sustancias, donde la reflexión ha estado más cerrada a los círculos técnico-profesionales y poco abierta a la comunidad en general. Así como existen discusiones sobre la economía e igualdad social, espacios de reflexión sobre AFP’s, discusiones sobre iniciativas relativas a la temática del género, movimiento estudiantil, entre otras, es necesario que las reflexiones sobre los diferentes temas de índole social puedan compartirse con la mayor cantidad de personas, pues se entiende que no toda/os tenemos el tiempo para asistir a dichos espacios de conversación.


Al respecto en el ejercicio de mi trabajo he ido formándome un punto de vista personal respecto a la problemática del consumo en Chile, tanto en estos conversatorios “Técnico-profesionales” como en el contacto directo con personas que viven -o han vivido- lo complejo de experimentar una adicción.
Particularmente quiero compartir dos perspectivas que en el curso del trabajo cotidiano he ido formulándome de manera paulatina.
Uno de estos puntos de vista, guarda relación con el entender la situación de consumo como un impulso que se hace difícil de controlar y que se caracteriza por realizar conductas que finalmente pueden terminar en “el meterse en problemas” con el resto de las personas que me rodean. Por ejemplo, lo que se observa en el consumo de “drogas duras” como la Pasta Base o la cocaína, usando el dinero propio o familiar para sostener el consumo o vender (en casos más intensos) elementos de la casa, robar dinero, etc. Este punto de vista sería entonces, el entender la adicción a sustancias como una conducta en apariencia irrefrenable, donde la gran mayoría de los tratamientos guardan relación con el enfocarse si la persona consumió o no consumió. Así de simple.
El otro punto de vista, es entender el consumo como aquel impulso en apariencia irrefrenable, pero que – a diferencia del punto anterior- estaría propiciado por estados de insatisfacción personal, es decir, aquellas sensaciones en que la persona enfrentada a situaciones como: Stress, dificultades en las relaciones personales, autoestima, recuerdos desagradables y estímulos que los gatillan, siente displacer a nivel orgánico, generando que cerebralmente se tienda a pensar en el primer elemento que pudiese sacarme de ese estado, ¿Qué elemento sería ese? Justamente la sustancia que ya se ha probado otras veces y que generaría esa sensación que me quitaría ese displacer propiciado por todos los estímulos anteriormente mencionados.


Entonces, ¿Se da en cualquier instancia y lugar el deseo de consumir?
Desde mi experiencia, en la mayoría de los casos en que alguien consume, este acto estaría relacionado siempre a una sensación de insatisfacción (displacer). El problema radica que en la práctica, muchas personas que consumen tienden a tener problemas para realizar esta relación entre: el deseo de consumo (cuando me dieron ganas de consumir) y los gatillantes que generan displacer (sensaciones de insatisfacción generadas por múltiples variables).
Por ejemplo, puede ser que alguien se levante en la mañana y de un momento a otro tenga deseos de salir a consumir cocaína, se programa durante todo el día para hacerlo, conseguirá dinero, pensará donde irá, pensará en que le explicará a sus personas cercanas (sobre todo cuando no vive sol@), hasta que llega el momento de concretar el consumo. Generalmente cuando a alguien se le pregunta

”Y bueno ¿Qué crees que te pasó que te dieron ganas de consumir?” uno se encuentra con respuestas como “No sé, de repente me dieron ganas, comencé a planificar como lo haría y lo hice, pero no fue por nada en especial.”

Y es ahí cuando uno tiene la oportunidad de darse cuenta que no necesariamente pudo haber ocurrido algo puntual que generó el deseo de consumo (discusiones, frustración por algo que no resultó, etc) si no que a veces hay situaciones que pasan más desapercibidas como estados de insatisfacción constante (problemas de autoestima por ejemplo) y no por una situación puntual e identificable que haya ocurrido recientemente.


Se pueden observar situaciones de este tipo en muchos casos, incluso en otros problemas de salud mental distintos al consumo, como por ejemplo en el caso de una persona que despierta con una sensación “extraña”, con “el pecho apretado”, como “una angustia”, pero la persona que lo experimenta no sabría explicar porque lo siente. Esta es una manera de ejemplificar como se pueden vivir estados de insatisfacción que se expresan a nivel corporal, pero al estar tan desconectada/os con nosotra/os misma/os, tan desconectada/os de nuestro cuerpo, nos cuesta relacionar o reconocer que hay sensaciones corporales que guardan relación con estados de insatisfacción permanentes y gatillados por el cúmulo de experiencias de las cuales no he sido consciente, porque el sistema social en el que estamos nos impediría reflexionar sobre lo que nos ocurre internamente, con sus jornadas laborales, con su estilo de vida, con la sobrevivencia, nos resulta difícil pensar en estrategias para resolver el peso que se va cargando cotidianamente.


En el caso de consumo de sustancias (Drogas y Alcohol), este se transforma en un medio justamente para no sentir el permanente estado de displacer que generan ciertas situaciones, dicho de otro modo, el consumir sustancias se transforma en una salida y un método de sobrevivencia cuando no se encuentran otros modos de resolver las dificultades que me ocurren o resolver las situaciones que en el pasado experimenté o también la mezcla de ambos.
El problema es que el tema del consumo es muy potente socialmente, ya sea por el significado que se le da a quien consume sustancias, el narcotráfico, el dinero que produce este, la separación de los lazos en las comunidades, etc. Los organismos públicos que abordan el tema intencionan mayoritariamente tratar de “controlar el consumo”, de que este sería una cosa de voluntad, de que “si se puede” y que cuando se ven casos de personas que llevan años de “abstinencia” solo con el poder de la voluntad, el panorama de entender el consumo problemático se complejiza aún más.
¿En verdad es solo cosa de voluntad?

¿En verdad es intentar de dejar de consumir y nada más?

Estos casos de personas que han podido dejar de consumir, solo centrando su atención en eso, sin trabajar sus temas personales, enredan aún más las cosas, porque como en muchos aspectos de la vida humana, se tienden a generalizar los ejemplos, como si todas las personas fuésemos iguales, tendemos a calificarnos por etiquetas, “la gente que consume”, “la gente depresiva”, “la gente vegana”, “las personas inmigrantes”, etc. Tendemos a generalizar todo, bloqueando la posibilidad de entender que en verdad todas las personas somos diferentes y por ende tenemos diferentes necesidades. Dicho de otro modo, hay gente que para superar el consumo solo bastará con la fuerza de voluntad, como también hay quienes que necesitan descubrir los motivos personales en su historia de vida pasada y actual para dejar este problema.
Cuando alguien en un espacio de psicoterapia grupal dice “soy adicto” o “sipo, nosotros los adictos somos de tal manera…”, se puede observar como se pueden tener cosas en común entre las personas que se denominan “adictas”, pero también si se da el espacio a la reflexión, es interesante reflejar también como pueden llegar a ser muy diferentes entre si.
En tal sentido creo que sirve mucho, el imaginar el consumo con la imagen de un iceberg, en que los síntomas serían la punta de este iceberg (aquella parte que sobresale en el agua y que por ende puede verse a simple vista) y el resto del iceberg -que está por debajo del agua y que no se ve- , los cuáles serían los problemas que forman parte del síntoma, es decir, aquellas razones que guardan relación con el consumo (vulneración en la infancia, situaciones traumáticas, problemas de autoestima, etc). En este contexto, es muy común que la sociedad centre su atención más en la punta del iceberg, es decir, en lo que se ve, en el síntoma, en el consumo, formándose muchos programas terapéuticos, con la idea de tratar solo aquello que se ve, no incluyendo las temáticas personales que hay detrás de este consumo.


De esta manera quiero compartir este punto de vista porque cotidianamente veo como familias, personas y sociedad en general tienden a entender el problema del consumo como un tema de síntomas de adicción y no como un producto resultante de muchas situaciones generadoras de displacer y que por ende el ingerir sustancias se transforman en una forma rápida para terminar con aquella insatisfacción que genera la vida y el sistema que la determina.


COLUMNA – Alejandro Iglesias
Psicólogo Clínico-comunitario

  


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