Columna de Opinión

Falencias éticas: Periodismo de nuevo en el banquillo

Por Abraham Santibáñez

Expresidente del Colegio de Periodistas

 

El mundo de las comunicaciones ha sido sacudido por dos demoledores remezones. Primero se descubrió que un personaje que había ganado fama como “Justiciero”, era un mitómano que engañó al mundo periodístico. Después, el diario La Tercera debió reconocer que una frecuente colaboradora con sede en España, inventaba entrevistas.
Casi al mismo tiempo, sin embargo, una investigación de TVN reveló que en las Fuerzas Armadas operaba un escandaloso sistema de jubilaciones por invalidez.

En buenas cuentas, junto con la denuncia de graves falencias éticas, no se puede desconocer la existencia de irreprochables equipos periodísticos. Al dejar en evidencia una máquina aseguradora de elevadas pensiones fraudulentas TVN demuestra que, pese a todo, hay ejemplos de buen periodismo.

Es también el caso del reportaje de la revista El Sábado de El Mercurio acerca de Pablo Oporto, el justiciero que nunca existió. Ha mostrado palmariamente un grave pecado de leso periodismo: la falta de chequeo de las informaciones.

En opinión del Tribunal Metropolitano de Ética y Disciplina del Colegio de Periodistas, las disculpas ofrecidas posteriormente por Chilevisión y la productora del programa en que apareció Oporto, “no son suficientes pues no contribuyen a la dignificación del periodismo y ahondan en el público el clima de inseguridad sobre la base de falsedades”. A renglón seguido, el TRED recuerda un principio fundamental del Código de Ética profesional: “los periodistas están al servicio de la sociedad, los principios democráticos y los Derechos Humanos. En su quehacer profesional, el periodista se regirá por la veracidad como principio, entendida como la entrega de información responsable de los hechos”.

Aunque podría creerse que hay consenso en esta materia, han surgido voces que le restan validez.
Por ejemplo, el comentarista Carlos Peña, rector de la UDP, casa que alberga una prestigiosa Escuela de Periodismo, ha sostenido reiteradamente que los periodistas no tenemos la obligación de verificar la verdad de nuestras afirmaciones. El deplorable efecto de esta afirmación es que en muchas situaciones se convierte en paladines sociales a quienes no lo merecen: Rafael Garay y las estafas piramidales; Oporto y la justicia por la propia mano; Gemita Bueno y sus acusaciones sin fundamento en el caso Spiniak, nos hablan de la necesidad de recuperar en plenitud la ética periodística.

Para evitar malos entendidos, precisemos que obviamente los periodistas no son infalibles y que por lo tanto pueden cometer errores. Lo imperdonable es que si incurren en ellos no entreguen explicaciones. Lo de Ximena Marín -la inventora de entrevistas de La Tercera- apunta a una debilidad ética parecida: la falta de cuidado con que se reciben -y publican- trabajos periodísticos “ideológicamente falsos”. Es, obviamente, una falla de quien firma lo que no es fruto de su esfuerzo, salvo la tarea de “copiar y pegar”. Pero también habría que exigir una mayor responsabilidad de los editores.

Superar estas malas prácticas era lo que buscaban -autoridades y periodistas- que en el siglo pasado se jugaron por la creación de la carrera de periodismo a nivel universitario. Ellos hablaban de dignificar la profesión. Es un empeño que todavía muestra serias falencias.

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