Opinión

Ciudad rica y ciudad pobre (Opinión, Jonás Figueroa Salas)

Jonás Figueroa Salas, Arquitecto Urbanista

Académico Usach

El comentado proyecto del alcalde Joaquín Lavín, la construcción de viviendas de interés social en la comuna de Las Condes, nos invita a reflexionar sobre las desigualdades que se hacen presente en nuestras ciudades. Desigualdades que promueven la desintegración desde las propias actuaciones que realizan los organismos públicos cuando se tienen criterios contrapuestos para resolver similares asuntos relacionados con la vivienda, las infraestructuras y obras públicas.

Así por ejemplo, las instalaciones del ferrocarril metropolitano o Metro y las autopistas urbanas se construyen de forma soterrada en la ciudad del oriente, donde vive menos del 20% de la población de la ciudad, con aceptables soluciones de materialidad y diseño, dando paso a actuaciones paisajísticas en los tramos cubiertos. Mientras tanto, en el restante arco metropolitano que constituye el hogar de aproximadamente el 80% de los santiaguinos, las soluciones para similares infraestructuras y obras públicas, son otras, abiertamente distintas, diversas y diferentes, altamente contaminantes de polución y ruido; tajantes barreras que cortan y separan barrios y sueños urbanos.

Y estas situaciones abiertamente contradictorias, promueven desde las propias actuaciones públicas desigualdades sociales y desequilibrios territoriales. Mientras para unos, la ciudad es un digno espacio de vida, para otros constituye abiertamente un ámbito agresivo y deteriorante. Y ello, pareciera que a nadie le importa. Mientras que el acceso del Metro en la “ciudad rica” se resuelve con paisaje, diseño y buenas conexiones públicas, en la ciudad pobre se obliga a los usuarios jugarse la vida para acceder a sus instalaciones, tal como es el caso de la estación terminal de la Línea 6, Cerrillos, obligando a transitar por amplias arterias sin ninguna respuesta a los cruces peatonales ni menos diseñar las secuencias de los semáforos, más atentos a los vehículos que a las personas. Pudiendo estos accesos haber sido resueltos atendiendo a estas dificultades, pareciera que a nadie de los organismos públicos de transporte ni menos a los municipios involucrados les interesa estas cuestiones que amargan y ponen en peligro la vida de las personas.

Y esto es demostrativo de la ausencia del Estado en gran parte de la ciudad, como una realidad aceptada y nunca corregida ni menos criticada, que obliga a las autoridades enterarse de los problemas después de ejecutado los estropicios que amargan la vida de los ciudadanos, tal es el caso de las mazacotes de hormigón de la “esquina de Chile”, General Velázquez y la Alameda. Sin ninguna calidad arquitectónica ni menos residencial, han cubierto de hormigón y desidia todo el suelo disponible, sin ninguna respuesta a los espacios públicos, la arborización ni los equipamientos, tan necesarios para resolver la sociabilidad del habitar. Tampoco se tienen presente situaciones de emergencias sísmicas y de inundación de aguas lluvias, tan frecuentes en nuestra cultura urbana, pero nunca resueltas con recursos ni menos inteligencia.

Actuaciones ejemplares llevadas a cabo en países desarrolladas han buscado resolver estas desigualdades entre sectores urbanos con alta calidad arquitectónica y materialidad de las obras públicas y los equipamientos. Por el contrario, en Chile pareciera que toda la actuación de los organismos públicos, de nivel ministerial y comunal, tienden al incremento de las desigualdades y así no se puede esperar otra cosa que ciudadanos de segunda y tercera clase, viviendas de interés social para pobres con pobres soluciones constructivas y arquitectónicas, pobres superficies y pobres materiales, pobres entornos para una pobre ciudad.

La buena calidad urbana es sinónimo de arraigo, identidad, apropiación, pertenencia, origen y destino de nuestros sueños más queridos. Vayamos en pos de ella, corrigiendo las grandes diferencias existentes en la actualidad que nos llevan a registrar peligrosos índices de desintegración social y cultural que caracteriza nuestras ciudades. Para ello, requerimos de una mayor participación y liderazgo de los organismos municipales que debiesen jugar un papel director y orientador en los proyectos inmobiliarios y las obras publicas que se ejecutan en sus territorios, definiendo y requiriendo tipos y estándares cuantitativos y cualitativos de viviendas, equipamientos y espacios públicos como contraprestación a los altos rendimientos financieros que obtiene por ejemplo, la industria inmobiliaria de sus inversiones, entre el 500 y el 600%, sin dar nada a cambio más que un producto de deficiente calidad.

  


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