Opinión

200 Años: La Cañada sin cañas y la Alameda sin alamos ni delicias (Opinión)

Jonás Figueroa Salas
Arquitecto Urbanista  Académico Usach
La transformación de la vieja Cañada –un cañaveral de aguas detenidas- situada  en el borde sur del casco colonial de la ciudad, es una de las principales actuaciones urbanas que identifican la primera etapa republicana de Santiago de Chile, en las primeras décadas del siglo XIX. La segunda, fue el traslado de la sede de gobierno nacional desde la plaza mayor al edificio ocupado hasta ese momento por la casa de moneda, en las proximidades de la cañada.
Los doscientos años que se cumplen del comienzo de estas transformaciones desde una yerma explanada en un salón urbano y en un paseo, hasta desembocar en una arteria, bien valen una reflexión.
Estas dos operaciones urbanísticas transforman la principal explanada cívica en la expresión de las diversas fases del desarrollo de la ciudad, desde sus primeros años hasta la actualidad, pasando por su pasado ancestral como un curso  que surgía en cada crecida del río madre, cuando las lluvias arreciaban y las aguas discurrían libremente siguiendo en línea recta desde el recodo que el cauce dibuja  en la hoy conocida plaza Italia, mucho antes del propio surgimiento de la ciudad. También, son el punto de partida de las actuaciones urbanísticas republicanas que irán cambiando la cara y el sello de esta pieza tutelar hidráulica y la posterior sobreposición de la función doméstica impuesta por las nuevas tecnologías.
Ya metidos en materia, a partir de la primera época republicana varias operaciones urbanísticas acentuarán el futuro desarrollo de la ciudad: la ya mencionada rehabilitación paisajística del cauce húmedo permite el surgimiento de una explanada  rodeada de álamos a modo de salón urbano que acoge el desarrollo del arte del festejo social de la época; la segunda, es el desplazamiento de la sede de gobierno nacional hacia la casa de acuñación de monedas.
Ambas operaciones permiten el giro y la apertura de la ciudad hacia el sur, en oposición a la ciudad volcada hacia el norte que identifica las centurias coloniales y que tiene en el río Mapocho su correspondiente fachada. Este giro es reforzado ya en pleno siglo XX por el trazado  de la Avenida Central, hoy Paseo Bulnes que reúne el conjunto edilicio de mayor armonía de Santiago, que posteriormente promueve la reconstrucción de la fachada sur del palacio de la Moneda y la liberación de los volúmenes que la rodean en origen, imponiendo un orden de corte barroco sobre el damero fundacional.
Lo que había sido lugar de rancheríos y alimañas, de aguas detenidas y malolientes, tachonado a poco andar de conventos y hospitales, con casas de remolienda y chinganas, deviene a lo largo del calendario republicano en la principal fachada de la ciudad, que vista desde los lomajes del sur aflora como una interesante cornisa neoclásica. A las actuaciones paisajísticas que abren la explanada de la Cañada y las actuaciones cívicas, se unen las arquitectónicas con ejemplares edilicios neoclásicos que aún permanecen en el escenario de la ciudad.
Pero la Cañada sin cañas y la Alameda de las Delicias sin álamos son algo más que la gran explanada tutelar del asiento natural de la ciudad. También, es la huella que une la frontera cordillerana con la franja marítima y entremedio, nuestra Broadway local corta en diagonal la cuadrícula, generando tal como la neoyorquina, interesantes triangulaciones propicias para la aparición de renovados paisajes de actividades, tal como en el sector Plaza Bulnes, del templo de San Francisco y del cerro Santa Lucía. Otros, como la plaza Argentina y la plaza de los Héroes están a la espera de una rehabilitación que los involucre con los tejidos interiores de sus respectivos sectores y barrios.
Y aunque todo cambia, incluso lo que aparenta seguir siendo lo que fue, después de doscientos años del comienzo de su urbanidad, la Cañada sin cañas y la Alameda sin álamos aún persisten bajo el cemento y el asfalto, entremedio de las instalaciones e infraestructuras, entre túneles y colectores de agua. Entre la arteria repleta de buses y taxis, camiones y automóviles, todos ellos acompañados de molestos ruidos y asfixiantes olores; sus veredas están colmadas de puestos de venta y sus bandejones centrales  aún reúnen parte del principal plantel de monumentos de la ciudad; otros, como la fuente de Neptuno se fueron con las obras del Metro y la barbarie.
En este siglo XXI, a 200 años de su incorporación como pieza paisajística de la ciudad y de ver transitar por sus costillas desde los carruajes hasta los tranvías, desde las góndolas a los ruidosos mitsubischi, desde las angostas liebres Manuel Montt -Cerrillos y las Ovalle -Negrete, la cuestión es saber si ha llegado el tiempo para ejecutar transformaciones radicales que recuperen el paisaje del salón urbano del siglo XIX y la cornisa de la ciudad del siglo XX, convirtiéndola en una gran explanada verde sólo ocupada como arteria de transporte público, replicando los procesos de recuperación peatonal que experimentan hoy las grandes arterias de Buenos Aires y Madrid, superando su actual condición de pesadilla cotidiana para miles de ciudadanos. Después de ver pasar por sus avenidas toda la historia de aciertos y errores urbanísticos, que la Cañada sin cañas y la Alameda sin álamos ni delicias nos lo demanden.
  


  


200 Años: La Cañada sin cañas y la Alameda sin alamos ni delicias (Opinión)
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