Columna de Opinión

“Nopo, no cualquiera puede ser capucha”; Amar a los capuchas es un deber, porque ellos son el resultados de todo…

17 noviembre 2019 16:10

Si hay quienes se dan 10 minutos para leer a Carlos Peña o Patricio Navia, bien vale la pena invertir un poco de tiempo en esta reflexión sobre el origen de los capuchas.

Hace 15 años atrás, la primera línea era la de los lienzos. Siempre había que estar adelante, siempre era la parte de la marcha que no era reprimida. Una vez que los lienzos bajaban, había que hacerlos correr por la marcha y se ocupaban de escudos cuando pasaba el guanaco, o para cubrir a alguien caído. El mayor peligro era quedar mojade con el guanaco, o que nos alcanzara gas lacrimogeno. Así que siempre andábamos con limón, una polera y, los más experimentados, una bolsita con un algodón mojado con amoniaco.
Al fondo, estaban los encapuchados. La mayoría los odiábamos porque muchas veces comenzaban a tirarle piedras a los pacos y empezaba la cagá.

Hace 10 años, se comenzó una organización diferente. Si bien la marcha mantenía su estructura, los encapuchados se comenzaban a mover. Ya no estaban al final, estaban a los alrededores de la marcha también, y comenzaron a enfocar su furia con los pacos, a un instinto de protección. Permitían no sólo que los pacos no cortaran las marchas, sino que también hacían guardia cuando había alguien herido, o cualquiera que necesitase ayuda, pues nunca estaban solos y no tenían miedo de ir a donde fuera para que alguien fuese socorrido. La marcha comenzó a entender su rabia y los aceptó con ella, les dio una oportunidad, y ellos respondieron con lo que sabían.

Hoy, ya no son encapuchados, son los capuchas, los capuchitas. Encontraron un lugar en la sociedad, una familia que no sólo los acepta, sino que los cuida y los valora, se preocupa por ellos y les agradece. Mientras, ellos protegen a esta familia. Están al principio, a los costados y al final de la marcha. Algunos entremedio con su carrito con una olla común, con cajitas con pan, ayudando a entrar las mesas de un local familiar atrapado en la masa, agarrando una silla de ruedas para escapar de un gas lacrimogeno, escalando postes para bajar las cámaras. Otros al frente atrasando a los pacos, haciendo aguante con rabia y preocupación por su piño. Incluso se ven afuera de las marchas, haciendo barricadas para cerrar los pasos, y abriendo camino a las ambulancias y bomberos (porque esos no se tocan), saqueando una farmacia o un super y tirando algunas cosas al jardín infantil más cercano, haciendo acopio de pañales para que quien no tenga vaya a buscar, haciendo bolsitas con unos tallarines y un par de cosas más, y tirándolos a las casas de los vecinos.

Nunca han tenido algo que perder, nunca hasta ahora. Ahora hay una familia, «el pueblo» le dicen, que no es sólo una masa, hay organización, apañe, cariño, seguridad y amor. Unos dicen que el capucha «evolucionó», yo no creo que sea correcto decir eso. Yo creo que un grupo de la sociedad les dio una oportunidad, y ellos respondieron. Dejaron de ser violentos? No. Dejaron de tener rabia? No.

El capucha no tiene su origen en cualquiera, no. Su origen es la periferia, el consultorio, el colegio municipal con nombre de metralleta. No cualquiera puede ser capucha ahora, no. Porque no es amarrarse una polera en la cabeza, y tirar piedras, es vivir en carne propia la desigualdad, es tener rabia con un sistema que los olvidó y los reprimió, que se burló de ellos por ser pobres, por no saber leer de corrido, por usar ropa usada, por comer arroz todos los días que podían comer.

Muchos valoran hoy la labor de los capuchitas. La «primera linea», los bautizaron (olvidando los lienzos protectores de guanacos), pero son en realidad los hijos de la lucha, en todas sus formas. Su cambio de actitud es porque encontraron un lugar al que pertenecen, algo por lo que vale la pena hasta morir (porque ahora el miedo no es a quedar mojado con el guanaco , es a perder un ojo, vivir abusos, violaciones, perder la vida) en donde nadie los juzga por su origen, en donde hay preocupación por si comieron hoy o no, en donde cualquiera los sanará (o tratará) de un gas o de un perdigón.
La forma social de hoy ha agarrado tanta fuerza, ha mutado tanto, se ha abierto a tantas personas, que hasta los milicos pueden ser parte de ella (el cabro desertor obvio). Lo que vivimos hoy, creo yo, es en gran parte gracias a esos capuchitas que como madres y padres, encontraron su sentido en la sociedad a través del instinto de protección y pertenencia.
Amar a los capuchas no es moda, no es momentáneo, no es romanticismo contemporáneo , es una obviedad, pues son hijos de quienes luchamos desde hace 15 años, al menos, en las calles pidiendo pruebas de dignidad. Amar a los capuchas es un deber, porque ellos son el resultados de todo ello con lo que peleamos día a día (quienes tenemos conciencia y criterio social, claro). Amar a los capuchas es entender nuestros puntos débiles como sociedad y querer algo mejor. «Son puros delincuentes» dicen unos, mientras al mismo tiempo piden «pensar en los niños», «los niños no tienen la culpa», «los niños son primero». Ellos son esos niños, ellos son los que no tienen la culpa, ellos son primero.

Nopo, no cualquiera puede ser capucha. Porque para ser capucha hay que tener rabia, pena, preocupación, cuidado, todo junto, al mismo tiempo.
No cualquiera puede ser capucha, porque no cualquiera tiene el aguante que han tenido ellos en la vida.
No cualquiera puede ser capucha, porque para ser capucha hay que saber sobrevivir ante la indiferencia.
No cualquiera puede ser capucha, nopo.

Texto comparto en facebook de manera abierta por

Camila Garrido Flores

  


Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

To Top