Columna de Opinión

El Ciudadano Piñera pudo pasar a la historia, pudo y no lo hizo…

24 agosto 2020   09:50

Por David Pellizzari

El término anticipado del Gobierno de Sebastián Piñera, en noviembre de 2019, cuando, con millones de chilenos en las calles exigiendo dignidad, los  Partidos Políticos llegaron a un acuerdo para un proceso constituyente, fue el intento de la elite, de una salida pactada a una profunda crisis social y política. Aunque cupular, el acuerdo permitió descomprimir, en cierta medida, la presión social y puso fin a un Gobierno que simplemente era incapaz de enfrentarla.

Ya, a partir del 18 de octubre, cuando el estallido social se hace evidente, todos sabíamos que el programa de gobierno había muerto y que la crisis requería una redefinición de objetivos que ese gobierno, sobreideologizado y dogmático, difícilmente sería capaz de abordar, sin embargo, tuvo oportunidades, no una, sino varias, de asumir, con humildad y responsabilidad, que la ciudadanía demandaba un golpe de timón significativo, un cambio de rumbo estructural para el país… y las desperdició. El ex Presidente Piñera tuvo también la oportunidad de asumir, con grandeza, la responsabilidad histórica de liderar un proceso democrático y participativo que encausara la revolución de la dignidad que desbordaba las calles de Chile, con miras a concretar un nuevo trato social, político y económico, consagrado en una nueva Constitución, la primera de nuestra historia gestada en verdadera democracia… pero la desperdició.

Piñera y su gobierno, antes que militar en algún partido político, son miembros obsecuentes de la  religión neoliberal y más específicamente de la secta nacida en Chicago, por lo que, todos sus esfuerzos se concentraron en mantener las bases del modelo y su acervo cultural en la sociedad chilena, y, en ese contexto, pretender que iniciaran voluntariamente un proceso revolucionario que cambiara las bases de ese modelo era, por decirlo menos, ingenuo, pero la cándida oposición siguió creyendo por meses que el gobierno “no entendía” la magnitud de la crisis y ello explicaba sus propuestas timoratas e insuficientes, sin embargo, el tiempo, y los hechos, finalmente hicieron patente que simplemente no querían, ni quieren, cambios profundos y reales que alteren el modelo del que se han beneficiado por décadas, y esa, y no otra, es la causa del término de ese gobierno.

El ex Presidente Piñera pudo pasar a la historia, pudo no solo salvar un gobierno tambaleante, sino incluso transformar su legado en un hito de nuestra historia republicana, pudo y no lo hizo, algunos creen que le faltó visión, coraje y osadía política, una falta de liderazgo y estatura, pero la verdad es mas prosaica, mas mezquina, simplemente estaba atrapado en un dogma totalitario, su gobierno fracasó por su apego casi fanático a su credo neoliberal.

Sin embargo, el ciudadano Piñera sigue presente, como un atribulado personaje de alguna novela romántica o un drama shakesperiano, que vive en una fantasía trágica, en la que todos saben la verdad, pero el no se da por enterado, o, para los “milenials”, como el profesor de Historia de la Magia del colegio de hechicería Howarts en las novelas de Harry Potter, que llevaba siglos enseñando su asignatura y en algún momento murió, pero todos creían que ni siquiera se había dado cuenta, y siguió dictando su clase sin siquiera darse por enterado que ahora era un fantasma y que casi nadie lo escuchaba, el ex mandatario parece seguir actuando como si todavía fuera Presidente, como si la Constitución de 1980 no fuera solo un mero remedo formal y estuviera totalmente vigente, vive la fantasía de que sus palabras, sus discursos, pueden hacer alguna diferencia en el Chile post estallido social, y día a día hace pseudo cadenas nacionales a la hora del almuerzo, intervenciones que pasan desapercibidas para los chilenos, aunque el ciudadano Piñera, en su alienación fantasiosa, piense que está recuperando el control de la agenda pública.

Durante este intermedio forzado por las cuarentenas en el contexto del COVID 19, el país es administrado por un aparato estatal relativamente eficiente, que enfrenta esta pandemia feroz tan solo con funcionarios de tono menor, sin conducción política ni liderazgo, y aún así, esta administración interina ha sido capaz de llegar a acuerdos legislativos gracias a que tenemos también una oposición virtual o casi simbólica y, en general, mantiene una apariencia de normalidad. Cambios de gabinete y anuncios rimbombantes simplemente se suceden día a día, mientras el congreso controla la agenda política y los chilenos tratan de sobrevivir, para variar sin poder contar con el Estado, a una profunda crisis económica y social, mientras el ciudadano Piñera sigue gobernando un país que ya no existe, sigue predicando un sermón en la plaza pública, donde algunos todavía lo ven, pero ya nadie lo escucha.

  


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