Columna de Opinión

UP 50 años: La vía pacífica hacia el socialismo

Por Miguel Lawner, colaborador en el gobierno de Salvador Allende y Premio Nacional de Arquitectura.

 La tesis de lograr el poder político en Chile por vía pacífica tuvo una larga elaboración. Fue concebida en el marco de la unificación de la Izquierda chilena en torno a un programa político claramente anti oligárquico y anti imperialista.

Recordemos que aún en la década del 60 del Siglo pasado, predominaba en el campo la propiedad latifundista. Enormes extensiones de tierra estaban en manos de un puñado de grandes propietarios, que mantenían ociosas gran parte de sus haciendas y sometían a los campesinos al régimen del inquilinato, privados de sus derechos más elementales.

La gran riqueza del país estaba constituida por sus enormes reservas minerales de cobre, que eran explotadas por dos grandes compañías norteamericanas: La Kennecott Copper Company, en El Teniente, (1907) y la Anaconda Copper Mining, en Chuquicamata, que explotaban esos ricos yacimientos cupríferos, adueñándose casi en su totalidad de sus beneficios.

Con la organización del FRAP (Frente de Acción Popular), en 1956, se consolidó el entendimiento de los partidos políticos Comunista y Socialista, hegemónicos en la Izquierda chilena, estrechando así, la unidad política de la clase obrera.

Grandes movilizaciones de masas tuvieron lugar en la década del 60. La creación de la CUT permitió elevar considerablemente la organización y la conciencia de los trabajadores. Miles de familias sin casa -migrantes del campo a la ciudad- establecidos en las riberas del río o del zanjón de la Aguada, se hicieron dueñas de un lugar apto donde vivir, gracias a la fuerza alcanzada por el Movimiento de Pobladores. Movilizaciones estudiantiles sacudieron las anacrónicas aulas universitarias a lo largo de todo el país imponiendo profundas reformas en la enseñanza.

A partir de su Décimo Congreso efectuado en 1956, el Partido Comunista señaló públicamente la perspectiva de conquistar el poder por una vía pacífica, aspiración considerada por muchos en un comienzo como inalcanzable. Pero este objetivo correspondía a un correcto análisis de la situación económica y social de Chile, y el Partido Comunista fue profundizando en una línea política innovadora, impregnando al movimiento popular con esta legítima expectativa.

“El Informe al XII Congreso celebrado en marzo de 1962 tuvo como título: “Hacia la conquista de un gobierno popular”, en tanto que en 1965 se realizó el XIII Congreso bajo el lema: “La clase obrera, centro de la unidad y motor de los cambios revolucionarios”, y en noviembre de 1969, el XVI Congreso levantó con toda fuerza la consigna: “Unidad Popular para conquistar el poder”.  ([1])

En 1964, al calor de la campaña presidencial de ese año, Luis Corvalán, Secretario General del Partido Comunista, publicó en el diario El Siglo un artículo titulado: “Aseguremos el camino pacífico”, Corvalán cuenta que al leerlo, Salvador Allende le comentó: “Yo debí haberlo escrito” ([2])

En el seno del Partido Socialista, predominaba un sector escéptico de la posibilidad de acceder al poder por vía pacífica, influenciado por la experiencia de la Revolución Cubana, pero en definitiva, la mayoría de sus cuadros dirigentes y militantes de base, se incorporaron con lealtad a la campaña y más tarde al gobierno, no obstante la existencia de una fracción, siempre dispuesta a avanzar más allá del programa acordado por la Unidad Popular.

En definitiva, de todos los procesos revolucionarios que tuvieron lugar en el siglo pasado, la experiencia chilena es la que más perdura en la memoria universal, ocupando un sitial destacado su conductor: Salvador Allende.

Nadie recuerda hoy día a ilustres próceres revolucionarios como Lenin, Ho Chi Min o Mao Tze Tung. Salvo en sus países de origen, nadie en el resto del mundo propondría honrar su recuerdo, bautizando con su nombre alguna plaza o calle. Solo los dirigentes de la Revolución Cubana, mantienen aún el reconocimiento que merecen fuera de sus fronteras.

La Unión Soviética se desmoronó sin necesidad de disparar un solo proyectil, no obstante el heroico rol jugado en la derrota del nazismo que amenazaba con sojuzgar a toda Europa.

Los regímenes de Europa Oriental, que formaron parte del campo socialista, fueron borrados del mapa con el consentimiento mayoritario de su población, siendo Rumania el caso más dramático, marcado por la ejecución sumaria del presidente Nicolás Ceaucescu.

La revolución en Nicaragua sobrevivió escasos 10 años, extinguiéndose en medio de severas acusaciones de corrupción, y el nombre de Augusto César Sandino es escasamente conocido fuera de su patria.

En cambio, el reconocimiento de Allende, a 47 años de su muerte, es inverosímil. Miles de calles, avenidas, plazas, liceos o escuelas, bibliotecas, policlínicos, centros sociales e incluso un barco, llevan hoy el nombre de Salvador Allende en los más remotos rincones del planeta. Una lista no exhaustiva de 92 ciudades de la aglomeración de París (la grande banlieu), contabiliza un total de 97 calles, plazas, parques, bulevares o avenidas que llevan el nombre de nuestro Presidente, y ahora, a días de cumplirse 50 años de su histórico triunfo, se anuncian múltiples actividades de reconocimiento a lo largo de todo el mundo.

¿Cuál es la causa que mantiene vigente esta admiración universal por Allende, a pesar de los años transcurridos? ¿Qué razones motivan este persistente aprecio?

Es indiscutible que los regímenes de socialismo real desacreditaron los ideales humanistas invocados por Carlos Marx, al imponer un modelo social con severas restricciones a la democracia, y con manejos burocráticos de la economía.

En esas circunstancias, el eco que el gobierno de Allende tuvo en el mundo se debió a que devolvió a la humanidad el rostro humano del socialismo. Demostró que era posible llevar a cabo transformaciones estructurales manteniendo los derechos democráticos fundamentales. Tal como el propio Allende solía afirmarlo: “Nosotros transformaremos este país en pluralismo, democracia y libertad”.

La crisis mundial generada por el virus Covid-19, ha convulsionado a la humanidad. Los excesos generados por el modelo de economía neoliberal, las desigualdades, la extracción ilimitada de los recursos del planeta, la crisis ambiental, el calentamiento global y la desertificación han elevado la conciencia universal en la necesidad de un cambio profundo. En estas circunstancias, la experiencia de la vía pacífica al socialismo aplicada en Chile, renace como una posibilidad real de un mundo donde pueda repartirse la miel, la leche y el pan para todos, tal como en los tiempos bíblicos.

Próximo capítulo: El programa se cumple.

[1] Santiago Moscú Santiago. Apuntes del exilio. Luis Corvalán.  Ediciones Coirón. España. 1983.

[2] De lo Vivido y lo Peleado. Luis Corvalàn. Editorial LOM 1977.

  


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