Editorial

Empresarios de siempre piden nuevo equilibrio, ¡plop!

Un grupo de empresarios  llama a un nuevo trato y a escribir una hoja de ruta alejada de los “extremos”. Ya lo hicieron después del 18 de octubre cuando algunos decían que hay que “meterse la mano al bolsillo” y que ninguno de sus trabajadores ganaría menos de la línea de la pobreza.

El buenismo de los 19 que firman es difícil de comprender, ya que en los hechos desde el estallido social no se ven acciones concretas como dueños de las grandes fortunas en Chile. Hasta la fecha, seguimos discutiendo el sueldo mínimo de miseria que no supera la línea de la pobreza y las crisis de la pandemia la pagaron finalmente las y los trabajadores, y no ellos. El modelo no se toca y su orden, menos.

¡Nos encantaría creerles! Otro país seríamos si sus intenciones no fueran sólo palabras para la galería o estrategias de relaciones públicas. Su buenismo se diluye en su coherencia y consistencia empresarial.

Lo real es que no estamos en Alemania ni en Estados Unidos, donde los empresarios actúan con estándares éticos y morales sobre la media. Por ejemplo, los empresarios más ricos del planeta le piden al Estado que por favor le cobren más impuestos. En cambio, para los nuestros basta el show de la Teletón y la beneficencia neoliberal. Son las indulgencias del siglo XXI. ¡El cielo lo tienen asegurado!

A diferencia de los países OCDE, acá los medios de comunicación y think tank no son independientes y son incumbentes a los intereses de sus dueños. Ellos nos dicen al unísono que el mundo se caerá a pedazos si se suben los impuestos a los más ricos y que, además, son políticas regresivas. Nada nuevo. ¿Recuerdan lo que decían del 10% de las AFP?

Ni hablar de sus prácticas para asegurar buenos negocios. En Chile las auditoras les “aconsejan” llevar sus dineros a los paraísos fiscales o les enseñan estrategias para evadir y eludir impuestos. Tampoco olvidemos las platas para coaptar la política y así pagar por leyes hechas a su medida, además de las colusiones y las bajas penas para los delitos de cuello y corbata.

Sin embargo, y a pesar de los escándalos, nada de eso ha cambiado. No hay nuevas leyes que protejan de verdad a los ciudadanos de los oligopolios, menos ética, sentido común, ni legislación que evite la puerta giratoria de sus subalternos, los gerentes, que pasan de sus directorios o gerencias generales a ser ministros o directores de empresas públicas.

El buenismo de nuestros empresarios no da espacio para hacer más sustentables las rentas de la alta gerencia. Quizá la brecha salarial y el índice gini serían distintos sí, como en el sector público, se transparentará los salarios de ejecutivos, como el de Ponce Lerou, que llegó a ganar 124 millones de pesos mensuales, sin contar las utilidades que recibía, por una empresa que se “apropió” por ser yerno de Pinochet.

Los empresarios norteamericanos, que claman más impuestos, no pagan a sus trabajadores sueldos de pobreza, ni se benefician de los jugosos subsidios que les da el Estado, por ejemplo, a las forestales, como el decreto 701, del cual la familia del señor Larraín, uno de los firmantes, lucra desde el golpe cívico-militar. Ese subsidio, además, es la piedra angular del conflicto en Wallmapu.

Tampoco vemos en los directorios de las empresas que ellos comandan algo tan básico y elemental como la paridad de género y la diversidad. Siguen lo hombres blancos, heterosexuales, católicos, provenientes sólo de dos universidades y unos cuantos colegios de élite, reinando a sus anchas.

En sus propios espacios no existe meritocracia. La comunidad científica y de expertos hace rato nos vienen diciendo que los procesos de reclutamiento y selección en Chile son discriminatorios y abusivos.

El señor Sutil como presidente de la CPC y firmante de la carta no predica con ejemplo. Hace algunos meses retiró la publicidad de su compañía al programa Agenda Agrícola por la cobertura de CNN a las protestas del estallido, y hoy nos dice que es ”inadecuado” aumentar el salario mínimo.

Es fácil hablar de nuevo equilibro cuando tienen un sistema coaptado que les favorece en todos los sentidos. El presidente de la República es un par, al igual que varios de sus ministros, todos millonarios.

¿Podemos diseñar un nuevo pacto social cuando la cancha está tan desequilibrada? Cómo entendemos “el nuevo equilibrio” si los señores empresarios cuentan con gremios que son verdaderos holding de negocios, de lobby e influencers, como la Cámara Chilena de la Construcción (CChC). Su poder económico y ejércitos de profesionales influyen, determinan y moldean las políticas públicas a su antojo.

¿Y qué hay frente a ellos? Sindicatos precarizados, divididos, atomizados y sin poder real efectivo. En Chile no existe la negociación por ramas y la huelga está diluida. En cambio, la Sofofa, CPC, SNA, CChC y CNC influyen y mantienen las reglas impuestas desde la dictadura. Su poder de negociación, avalado por la actual constitución, es real.

El nuevo equilibrio es un mal chiste que exige una explicación. ¡Plop¡

 

 

 

  


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