Columna de Opinión

La mentira sobre la soberanía y la negación de Escazú

Por Jorge Coloma Andrews , Coordinación COP 25, Movimiento AC=A+CC y Asamblea por el Pacto Social.

¿Ustedes conocen la Isla Guafo? Es la segunda isla de mayor tamaño entre las islas de Chiloé ya privatizada sin importar sus 50 mil hectáreas de un valor patrimonial, ancestral, natural inconmensurable. No importa. El mercado manda. Ya no pertenece a Chile, sino que a la South World Business que la ha puesto en venta por 20 millones de dólares al mejor postor y seguramente pasará a manos de propietarios extranjeros. Las once comunidades Lafkenche de Quellón (Huilliches) están en desacuerdo movilizándose junto a organizaciones ambientalistas para conservar sus caladeros ancestrales, su rica pesca artesanal. No es sorprendente en el Chile neoliberal. Lo mismo pasa con la venta de ríos, la privatización del agua y ello, sin consultar a las poblaciones aledañas y ancestrales.

Paralelamente, se discute hoy también en Chile sobre la firma por parte del gobierno del Acuerdo de Escazú. Está en riesgo porque Piñera lo niega hoy como necesidad aludiendo a la soberanía nacional. En Costa Rica, en marzo 2018, por iniciativa del gobierno caribeño y el de Chile se firmó el Acuerdo que tiene por objetivo garantizar la implementación plena de los derechos de acceso a la información ambiental, participación pública en los procesos de toma de decisiones ambientales y acceso a la justicia en asuntos ambientales. Este Acuerdo es un aporte significativo para el desarrollo sostenible, o sea, para la protección las generaciones presentes y futuras para a vivir en un medio ambiente saludable.

Piñera niega hoy lo que destacaba frente a las Naciones Unidas en julio 2018. En esa oportunidad enfatizaba el rol de Chile como impulsor del Acuerdo junto a Costa Rica y argumentaba en su favor para “darle más transparencia y mayor eficacia a la defensa del medio ambiente y que vamos a poner a disposición del resto de los países de nuestro continente” (DW, 19.09.18). Hoy, se desentiende de su declaración y alude a argumentos patéticos como aludir a problemas “de cesión de soberanía” o que Chile “sea demandado ante cortes internacionales sin que tenga justificación”. La comunidad internacional, la ciudadanía nacional ¿le pueden creer al Presidente de Chile después de sus declaraciones iniciales?  Ustedes ¿creen que le importa la soberanía del país cuando se trata de hacer negocios? Es despreciable su vuelta de carnero no sólo por la imagen que deja internacionalmente, sino por la incongruencia de un gobierno que tolera y promueve la constante de enajenación de nuestros recursos naturales como el agua, ríos y la Isla Guafo.

Estamos a días, el 26 de septiembre, para que se cierre el plazo para que el gobierno firme definitivamente el Acuerdo de Escazú. Estamos también a días para el plebiscito del 25 de octubre. En medio de un proceso constituyente Sebastián Piñera también ha hecho declaraciones, más bien, ha presentado un decálogo para tomar parte activa como gobierno para responder a la voluntad de mayorías. Hoy se define por el Apruebo. Sin embargo, con los antecedentes anteriores ¿le podremos creer sobre sus propuestas de desarrollo sostenible? ¿no será otra de sus maniobras contradictorias para hacernos creer que esta por el cambio constitucional y así mantener lo que adora? No importa con lo que se comprometa. Su compromiso es excluyente de todo lo que plantea el Acuerdo de Escazú: No le interesa la soberanía, ni la participación ciudadana, menos la protección de nuestros recursos naturales cuando está en juego el negocio, el fetiche de un mercado desregulado que prima sobre la calidad de vida de su pueblo.

En este proceso constituyente tenemos por primera vez en nuestra historia la posibilidad para expresar nuestra voluntad y ser fieles a las demandas de un país plurinacional, para diseñar nuestra propia constitución con paridad para llegar a una sociedad equitativa y donde el desarrollo sostenible se transforme en parte de nuestra nueva identidad, para rescatar entre otros, los principios del Acuerdo de Escazú como componentes inherentes a nuestra cotidianeidad.

 

 

  


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